SENTADO AL FILO DE LA MESETA

 

Sentado al filo de la meseta al conjuro de la tarde, el hombre respiró profundo y lentamente se llevó a los labios el amargo sabor de un cigarro. Con los ojos puestos en el horizonte y la mente vagando por Los canales de Los recuerdos, encendió lentamente al amigo que de a poco lo iba matando.

Todas las tardes en la Patagonia son así, con la lentitud de los grandes gigantes y los colores de no se que pintor. El dulce sabor de ver caer el sol y ver crecer las sombras en el horizonte, es quizás una de las maravillas del planeta.

Ahí estaba, estático, mimetizado, soñador, y único espectador de la meseta, él era como un principito en un mundo nuevo; todos los días ante el mismo escenario sus ojos se llenaban de luz.

El hombre trabajaba muchas horas las entrañas de la tierra, le robaba petróleo, con el tiempo él comenzó a ponerse color petróleo. Los del pueblo dicen que los petroleros son oscuros por que se queman al sol. Yo digo que no, creo que tanto trabajar la sangre en las venas toma el color del mineral y sus pieles en un pacto secreto de tanto esfuerzo y soledad se oscurece para confundirse mejor y hablar en el mismo idioma del petróleo.

Yo nunca estuve al filo de la meseta, donde dicen que comienza el valle, aunque simplemente cerrando los ojos puedo ver a los lejos las siluetas de esos enormes pájaros chupando la savia de la tierra, y a lo lejos esos hombres, valientes titanes de los soldados. Yo nunca estuve ahí pero puedo sentir cuando lo quiero el olor a petróleo, el gusto a tierra reseca de verano, la humedad de la poca vegetaci6n cuando llueve, y los cielos de las tardes, cuando el sol comienza a caer en la planicie y el misterio de la noche cubre de silencio todo lo que encuentra a su paso.

El hombre sentado en la meseta regresó con sus pensamientos al pueblo, ya no faltaba más para regresar, la última seca y la mirada sobre la panza herida de la tierra surcada por muchas huellas. Comenzaría a bajar, en la camioneta de turno, como todos los días. El silencio al final del día era un premio, acurrucado contra el asiento y fingiendo dormir, cerraba los ojos simplemente para no ser molestado, tanto años parecía un exiliado. Con el tiempo la fisonomía del valle se reflejo en su rostro. Oscuro y surcado de infinitas líneas, a veces al mirarse al espejo se sentía observar al valle desde la meseta.

Cada frenada anunciaba quien descendía del vehículo, la frenada cuatro le correspondía, entonces deslizaba su cuerpo enorme y pesado hasta tocar el piso con un "hasta mañana frío" y un portazo, dejaba el día de trabajo en sus cansados pies y en su rasgado mameluco.

Desde la esquina hasta su casa eran por lo menos ciento quince pasos, con una mano en el bolsillo y la otra sosteniendo el bolso, caminaba por la vereda entre nosotros, repartiendo generosamente una sonrisa, nosotros lo saludábamos con un - ¡Hola vecino!.

El cerco de tamariscos que rodeaba su casa, era verde apagado y un portón de madera de barco lo conducía a su hogar.

Los juegos seguían en la vereda, entre gritos, ladridos y risas de verano. En cambio dentro de ese hombre, la meseta crecía a cada segundo. Bastaba un hola sin amor y un beso de piedad para aquel ermitaño, luego del baño obligado, el ritual del televisor para continuar con la cena, donde lo único que se sentía eran los ruidos provocados por las ariscas cucharas o tenedores chocando contra la vajilla, y después la cama y el sueño.

Yo creo que el gigante soñaba con el campo.

Todas las tardes de barrio eran iguales, ladrillos risas y gritos de niñas coquetas, cuando el sol comenzaba a caer, sabíamos que el vecino iba a bordear nuestra vereda para llegar a su casa, con una mano en el bolsillo y la otra sosteniendo su viejo bolso.

Claro que siempre era igual, salvo cuando en algunas tardes, él salía al patio a fumar, recuerdo que se apoyaba en su portón de madera de barco y nos miraba. Nosotros nos acercábamos y con mucha soltura le preguntábamos como estaba el petróleo, entonces el con paciencia comenzaba a contar del petróleo hasta llegar al filo de la meseta.

Ciertamente nunca estuve allí, pero simplemente con cerrar mis ojos puedo yo ver . . .

 

 

 

Pico Truncado, 09 de diciembre de 1999

Autor: MARTINETTI MYRIAN NOEMI

(Dedicada a todos los Petroleros)

 


 

MESETA

El cielo se había vestido de luto gris, plomo casi pesado de tanto color oscuro, ni un rayo de sol podía traspasar su barrera imaginaria. Como nunca estaba calmo sin viento con apenas una brisa que acariciaba suavemente el paisaje.

Iba yo sin pensamientos, vacío sin sensaciones, cuando mi caballo a paso lento y seguro ganó el Cañadón en su parte más alta mis ojos se llenaron de naturaleza. Sobre el suelo que antes había caminado mi antepasado se hallaba virgen, sin tocar una infinita alfombra mágica llamándome a andarla; con varios colores verdes que disparaban diversas tonalidades de grises amarillos inimaginables en la paleta de un pintor.

No se si me hablaban o estaban mudas ó si cantaban pero allí estaban testigos insobornables de un tiempo pasado con sus raíces metidas en la tierra nuestra.

Me sorprendí por las florecillas que algunos osan llamar silvestres, ¡ Qué silvestres! Si son mías todas las leguas que pude mirar , eran igual cambiaban de vez en cuando, al llegar a un mallinal, y una aguada fresca o un salar.

Parecía un conjuro de grises, a mis espalda el mismo mar se tornaba plomizo y callado rompían su acompasado monotonía; sus puntas blancas que lloraban grises en su bravura.

El horizonte me lo cortaba más de una vez que otra montaña, gastada de ser montaña y de ser milenaria con mis manos la hubiera querido escarbar para conocer su interior: ver si tiene duendes o secretos saber si guarda tesoros o restos de la raza que la caminó. Pense en su cumbre altiva orgullosa, que domina ésta línea que separa a los hombres del cielo; le pregunté si conversa de vez en cuando y con quién: me habló con su voz secreta de los años roca que lleva puesta allí y de los hijos piedras que parió, cuando el frío y el calor rompen su secreto. Contó a viva voz del guanaco y del cóndor y de tener aprisionado en su interior , huesos de antigua estirpe que guarda celosa del blanco hombre que la frecuenta. Hablo de nieves blanca y frías como hielos que la adornan como una novia y de caricias suaves de soles amarillos y de brisas marinas, de liebres, cuices y anidadores que nadie a visto.

Puse mi oreja en su seno con cuidado de no pincharme con un coirón, para oír de su imposible amor con la cruz del Sur, que baila con ella en noches claras y que brilla endemoniada; las noches de heladas de inviernos. La deje cuando comenzó a cantarle al cielo gris pidiendo agua para sus prolongaciones verdaceas, que aunque no crean los que viven en mi mundo son parte de ellas, esas matas del mismo color de la patagonia.

Comencé a caminar con respeto sobre su cuerpo, con mi caballo a tiro bajo esa bóveda majestuosa, con el respeto y admiración con que entra un paisano en rancho ajeno.

A leguas a la redonda no pesaba alma humana entre el silencio los recuerdos, quizás, recordé mi trayecto a donde debía marchar; no tenía apuro, pero si lo tenía, para que apurar el tiempo si en la Patagonia todo pasa mágico y sin atrasos, lento pero duradero como el gusto de lo bueno que perdura en su esencia.

Sería bueno un poco de agua para ésta reseca lengua de tierra ¿ seguiría cantando la montaña ? Mi paso incansable rompía el encanto y la rutina de todos estos seres que en el interior de paisajes eran actores a diario.

Cuando salí del cañadón gané la meseta que se hizo una sola con el horizonte, entre el gris del cielo y de su piso inmaculado. Seguía sin sol y hasta parecía ser un rumbo sin rumbo, una búsqueda sin búsqueda, esas cosas que tiene el sur.

Como si un sol imaginario hiciera sombra a mi caballo y a mi sombrero de ala ancha, nos mimetizabamos con el agreste paisaje.

Unos cuántos calafatales en flor saludaban el andar y yo seguía pensando en que decir, al final del camino cuando mi canino terminara lleno de tanto suelo recorrido, fui avistado por unas gaviotas que recorrían su vuelo apresurado para escapar, quizás de la tormenta.

Te dije que ya iba llegando, el cielo me acompañaba presintiendo mi emoción; mi fiel perro el "Tosco

Grande" me apareció al encuentro, ya estaba cerca y mis manos temblaban, mis labios mudos, mi mente me recordaba que no traía un presente pa 'vos.

Luego de la tranquera el alboroto, el polvo reseco de la huella me llevaba los pulmones de tierra mía, tierra de hogar.

Desensillé; en el rancho todo era silencio, até al "Molle" al palenque y cuando iba entrando te escuché, y ahí sí, el cielo comenzó a llover aunque me pareció ver soles y arco iris y hasta estrellas de alegría. Antes de pasar la puerta de la pieza que cobija mi amor, salió ella, con los ojitos de noche llena de estrellas, echa lágrimas y con el silencio por cómplice de aquella noche larga de tanto amor y ternura.

Me saqué el sombrero, lo dejé colgado de un clavo me pasé la mano para limpiarlas en los pantalones, de gala me hubiera vestido para vos.

Y recordé que soy tan pobre que pa' ni regalo tengo hoy. Pero recordé el camino hasta aquí; el cielo, el mar, la montaña, mis antepasados, la meseta, el cañadón el viento gastado y te lo traje pa 'vos ...

Y cuando volví a escuchar tú llanto, mi amor me dijo: e' un varón como vo'. Mi primer hijo... Hay mi Patagonia te lo regalo a vos.

 

Autor: MARTINETTI MYRIAN NOEMI